martes 13 de octubre de 2009

Gonçal


Gonçal siempre fue de pocas palabras. No entendía la necesidad de extenderse con conversaciones inútiles o explicaciones gratuitas para las cosas. Salía con sus amigos porque le apetecía verles reducir su dignidad al nivel de la mierda que se posa en el suelo de una discoteca a las cinco de la mañana. Lo encontraba gracioso. Echaba unas cuantas fotos, las colgaba en el Facebook, y mataba dos pájaros de un tiro, dándoselas de tipo con vida social y magueando a sus colegas.

(perdón. He utilizado una expresión especial. "maguear" significaría más o menos quedar como el más guay del grupo de colegas)

Pues eso. Tenemos a Gonçal tumbado en su cama, con música de fondo y un olorazo a matuja que echa para atrás. Como todos sabemos, la hierba del rey provoca síntomas como risa incontrolada o reflexiones extramateriales. Y como Gonçal estaba solo y no sufría de esquizofrenia, no tenía a nadie con quien reir. Así que optó por la vía de la expansión emocional. Comenzó a reflexionar acerca de su estilo de vida. El chico era algo inútil, pero bastante esmerado. No acababa de encontrar su lugar en el mundo. Observaba a su alrededor y veía como todo el mundo tenía algo que podía considerar suyo, y alguna cierta manera de subsistir. Él no. Bueno, aparte de su bastoncito incandescente de fumar y sus cd's. Y su churri. A la cual, por cierto, no parecía prestarle demasiada atención.

Después de media hora de chumar como un condenado al son de "Atom Heart Mother Suite", un tema de Pink Floyd de 23' 36'' que lo menos que hace es ayudarte a asentarte psicológicamente, Gonçal llegó a una clara conclusión: la vida era una mierda repetitiva. Todos los días la misma cosa. Café, cruasán, conversaciones acerca de sexo, fardeos y exaltaciones de la amistad. Pruebas y tests. Salir a pasear palmito. Vender producto en forma de imagen corporal. Hedonismo electrónico. Drogas y rocanrol.

Y entonces tomó una decisión: subió a su terraza, y ante una barcelonesa panorámica se prometió a sí mismo que si la cosa no cambiaba, sería él el que cambiara de aires.

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