No sé porqué, pero siempre es a horas intempestivas cuando me coge la inspiración. Son las ocho de la mañana y aún no me he ido a la cama. Esto me recuerda a una frase de Woody Allen, "a las cuatro de la mañana es un problema porque nunca sabes si es demasiado tarde o demasiado temprano". Pues señores, a las ocho, hoy, es tarde. Cuando acabe esto saldré al balcón y miraré con asquillo a todo el que viva de día.
A lo que voy: Avatar, esa gran dualidad. Por una parte está ese dineral en efectazos, permitiendo que lo que te entra por los ojos te estimule hasta rozar lo obsceno; pero por otra tenemos ese guión paupérrimo ideado por cuatro colegas en un fin de semana de alcohol de garrafón. Sinceramente, desde que entré en la sala no me esperaba otra cosa. No me sorprendió ni siquiera el papel de mamarracho que muestra la ex-mamarracha de Lost.
En fin, creo que esto va a ir más rápido de lo que pensaba. El caso es que para mí, lo mejor (con diferencia) de haber pagado 9 euros por este visionado ha sido gozar del espectáculo tridimensional que es Neytiri, la tia-buena de la película.
Qué mujer-hembra-algo. De los mejores polígonos que he visto nunca. Sí señor.
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